viernes, 26 de marzo de 2010

La vida y la muerte, según Leonardo Favio




"A la muerte la veo como una hermana que ya va a venir Solo le temo a la humillación de la decrepitud. No pido ni un minuto más ni un minuto menos, que venga. Me creerías si me hubieras visto asistir a mis cirugías, inclusive a mi enfermedad. Me han puesto anestesia total, y no hay nada más parecido a la muerte. Imaginate, te serruchan los huesos, te abren las tripas y cuando te despertás decís ¿a qué hora me operan? No te enterás de nada. Eso es la muerte."

"Las cosas simplemente son, no son fuertes ni frágiles, son aconteceres.
-A lo mejor eso es sabiduría...
- O evidencia. Es que vi morir perritos, nacer potrillitos, morir a mi abuelo, todo eso me fue marcando. Una de las obsesiones que tengo es dónde irán mis restos. Yo me digo: si me transformo en pasto, ¿qué pajarito lo comerá?, ¿dónde largará la caca, que contiene la semilla, y que se va a transformar en semilla, que a su vez me contiene y que germinará en otra cosa? ¿Qué animal comerá esos pastos y, por lo tanto, qué animal terminaré siendo yo? Dios mío, espero no tener conciencia de ello hasta que vuelva a ser un hombre. Y eso ocurrirá cuando esa gallinita coma ese pastito, a esa gallinita se la coma una familia que engendra un hijo y quizás en ese semen vuelva yo. Todo es una cadena que no se rompe salvo que desaparezca el cosmos y volvamos a la nada. Pero si eso no sucede, la cadena se cumple a lo largo de los siglos. Eso se cumple aunque tus cenizas vayan al mar, porque en ese caso, serás un pez que alimentará a otro y ése otro a otro más. Por ahí terminás siendo una ballena, pero esa ballena también muere y algún día volvés a ser un hombre. Por eso es tan respetable la vida. Nada me da más piedad que los perritos acorralados cuando tratan de cruzar una avenida. Cuántas veces he parado para ayudar al perrito a cruzar... No puedo hacer otra cosa, si yo no sé cuándo seré ese perrito. Es verdad lo de San Francisco de Asís cuando dice hermano perro, hermana luna, hermano sol. Todo aquello que palpita y tiene vida soy yo. Lo mío no es apatía, es conciencia de que la historia es una nimiedad. Ahora, si quedás en la historia y pasás a ser un recuerdo amado, es distinto. Pero eso es difícil, porque es propiedad de los grandes pilares de la religiosidad, como Cristo o Buda, y para eso yo llegué tarde o tendría que haber nacido en Bombay, donde hay miles de dioses y entonces tenés posibilidad de ser uno de ellos. "


"-Moreira empieza matando porque se sintió víctima de una injusticia. Pero a poco andar ya no sabe ni por qué mata.
- Después ya es como que le gusta. Todos llevamos un asesino adentro. Una vez que hiciste la primera muerte, podés hacer mil. Recuerdo que mi abuelo tenía conejos. Cuando mi abuelito se fue de Luján de Cuyo y nos quedamos solos con mi hermano, yo maté uno de los conejos para hacer un guiso. Mientras le pegaba en la nuca, miraba para otro lado. Pero a los dos o tres días, cuando maté el segundo, ya me animé a mirarlo, y después ya me gustaba hacer guisos para poder matar conejos. Al principio me daba lástima matar las gallinas, hasta que entré a matar gallinas a los basurales en una cantidad que me permitía alimentar a mis doce perros. Tac, le hacía en la cabeza y la gallina ahí quedaba. Tenía mucha puntería con la gomera y me encantaba matar gallinas. Con Moreira sucede lo mismo, una vez que mató a uno, ya quiere seguir matando y le importa nada. Es más, todo se vuelve una cuestión de número y cuantas más muertes tiene cometidas es mejor. "


En el 2008 Leonardo Favio se mostró nostálgico, casi poético en una entrevista con la revista Ñ. Fue ese año el del lanzamiento de “Aniceto”. Ante la pregunta acerca de la eternidad y de eludir lo efímero de la vida, el director relató :
“El sueño de todos es permanecer, pero uno muere cuando se escapa de la memoria de la gente. Mi obsesión es que me recuerden bien en esa momentánea memoria que haya de mí. Yo había incorporado la idea de la muerte a mi vida como algo legitimo y bello pero a medida que se acerca cuido el cuerpo, el artefacto que nos queda, me voy despidiendo de ese cuadrito en la pared, que pena no verlo más, pero esto es solo una fracción de película acelerada, y uno comienza a preocuparse más por lo que puede haber del otro lado. Tal vez la eternidad sea despertar de una siesta bien dormida con los ojos entregados al asombro, por ahora somos la molécula de una hormiga y menos que eso. Soy profundamente religioso, casi místico, puedo gozar de la soledad como un don, un regalo de Dios que me permite estar conmigo”.

" Pasen y vean" la vida de Leonardo Favio , por Adriana Schettini